
Desde un oxidado catre vigilaba la sopa de verduras que desde hace rato se sancochaba en mi improvisada cocinilla de kerosén. Esta vez no iba a permitir que la Gertrudis robara mi comida, tal como ayer lo hizo. No me explico cuál es su interés en saquearnos; ella recolecta más latas y botellas que todos nosotros juntos. Afortunadamente esta madrugada me hice amigo de un perro, quien decidió seguirme hasta la puerta de mi choza remendada con tablas y láminas de cinc. Se trata de un perro flaco y débil como yo, pero su ladrido avizor es útil.
Desde la ventanuca entra el olor a tierra mojada; creo que mejor levanto el culo a recoger las medias que tengo tendidas en el alambre. Maldita choza, si pudiera la quemaría. Da igual si en los días lluviosos estoy dentro o fuera de ella; de todas maneras se me empapa el cabello, la ropa y las horas.
Mañana cumplo setenta; pésima noticia. Quisiera no ser tan prolijo con las fechas. A veces intento perder la cuenta de los días, pero hay un maldito cronómetro interno que me obliga a contar cada minuto transitado. Hoy es domingo y mañana, lunes, es mi cumpleaños. Pasado mañana es martes… Como si no bastara, todos mis cumpleaños incluyen un repetitivo recuento de la mierda que ha sido mi tránsito por la vida. De los proyectos que nunca inicié; de cómo abandoné a mi esposa e hijos y de cómo no supe más de ellos. De lo mucho que mortifiqué a mi madre hasta su muerte y de cómo mis hermanos me culpaban de ello constantemente. También recordaré, mañana, el momento en el cual decidí que no valía un centavo. Repasaré cada momento de las personas que atraqué por dinero y comida. Y sentiré aquellos años en prisión como si aún estuviese en ella. Mañana habrá filos de latón aplastándose en círculo contra mis sienes.
Lunes
Aún no despierto cuando se me viene la Gertrudis a la mente. El perro no ladró, lo cual significa que todo marcha bien. Creo que dormiré una hora más.
Siento el colchón hundirse, cuando de repente un brazo rodea mi cuello. Oigo pasos que corren. Antes de abrir los ojos busco, instintivamente y sin éxito, el tubo que guardo bajo el catre. Quise incorporarme violentamente, pero logré escuchar el provocativo susurro de mi esposa cantando el feliz cumpleaños. Luego dos cuerpecitos se metieron bajo mis sábanas y, en su media lengua, seguían a la directora del coro: “feliz cumpleaños papá, feliz cumpleaños a ti”.
Cuando tuve el valor de abrir los párpados, lo primero que pude ver fue un gran pastel coronado con el número “34″.
Darío Ferrer – 2007
Publicado en Notas.
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